De mi último viaje, tengo varias historias que recuerdo como anécdotas maravillosas, pero la que sin dudas no puedo dejar de contar fue la de mi estadía en una pequeña aldea.
Eran un bello poblado, cerca de la montaña, cerca del mar, sus costas eran azotadas por grandes tempestades de un furioso océano curioso.
Era justo ahí donde todo se compartía. Todo era todo. El formato social era transgresor, aunque a los visitantes no siempre se les dejaba ver sus exóticas costumbres, mantenían cierto recato.
Estaba con un amigo con el que venía recorriendo varios tramos de mi alocado viaje. Teníamos mucha química, de esa que otros pueden percibir con sólo mirarnos. Todo parecía fluir pero entre ambos había una muralla autoimpuesta, invisible.
Nosotros sabíamos todo, pero la verdad es que no teníamos ganas que el romance invadiera nuestra relación, si bien el sexo nos hubiera servido en más de una ocasión, preferíamos seguir con nuestra tensión sexual a cuestas.
Los pocos hoteles que había tenían su cupo lleno, fue así como nos hospedamos en la casa de una familia muy amable. El primer día lo empezamos recorriendo las playas y los lugares más tradicionales, conocimos la historia de los primeros colonos que hasta allí habían llegado en el sigo XVIII.
Luego por la noche cenamos en la primera de las casas que gustosamente nos ofrecían, la comida la música y el ambiente eran exquisitos, muy simple pero de esa clase de simpleza que convierte todo en magia.
Las horas pasaban así como las botellas de un vino deliciosamente orgánico, con el cuerpo del hombre más sexy, con el gusto a pecado.
Satior era un lugareño que se nos acercó desde el primer momento que llegamos, él nos guiaba, nos aconsejaba y tenía puesta la mirada en las nalgas de mi amigo Fran, que por cierto, bastante mal le caía e incomodaba la situación.
Después de varias danzas eróticas, la noche había tomado la temperatura de una brasa, si me acercaba me calentaba, pero si la tocaba me quemaba. Decidí quemarme junto a dos hermosos rubios, y una de sus tantas mujeres que para esa altura ya ni podía distinguir con una claridad objetiva, si eran bellos, altos o flacos. Solo sentía la mirada de mi amigo que padecía toda la situación. A veces creo que era en realidad la noche que lo padecía a él.
Los juegos de tres lenguas dentro de mi clítoris me llevaban a un mundo desconocido. Cambié de posición y despacio empecé a rozar los duros pezones de la mujer, los penes parecían sacados de una película de acción, a los que se les fueron sumando otros, por momentos era gente que venía, se acercaba a darme la bienvenida pero con su miembro eréctil. Las mujeres a posar su lengua en mi vagina, el pueblo entero me acariciaba.
Fran, no podía creer toda la situación, se sentía fuera, se veía fuera. En un momento tome su mano y quise incluirlo pero tímidamente me dijo que no, que estaba bien así.
La noche terminó y se llevo muchas cosas, entre ellas hasta mis más profundos orgasmos. Pero al comenzar la mañana imaginé que terminaría en una noche recordada por el descontrol del que alguna vez uno tuvo en su vida, pero no!, al mediodía después del almuerzo la fiesta continuaría.
Había más gente que conocer, más fluidos que intercambiar, más bocas, piernas y pezones que rozar. Mi lengua y mi boca a esa altura creían conocer cada pene, cada vagina del lugar, incluso creo que los hubiera distinguido con los ojos vendados de tanta exploración.
Los días pasaron y mi training se perfeccionaba, y Fran tímidamente empezó a seguirme pero sin poder entre nosotros conectar. Ya me habían ofrecido un lugar permanente, querían que me quedara a vivir, no querían que me fuera. Pero el viaje debía terminar debía volver, me esperaban obligaciones en mi país.
La última noche, la de la despedida, sería de fiesta. Rose, una de las mujeres había preparado una gran sorpresa, todas probarían finalmente a Fran. Medio engañado lo llevamos a uno de los museos históricos de la aldea, y fue justo allí cuando le vendamos los ojos, despacio lo sentamos en una banca mullida en un extremo de la habitación. El no oponía resistencia alguna, sabía que al irnos al otro día, todo sería historia pasada.
Dócil como una paloma indefensa, bajamos a jugar sobre su pene, éramos varias las lenguas. Su torso desnudo estaba caliente, su miembro erecto, parecía explotar, hasta Satior jugaba con su lengua y su boca en la cola de mi tímido amigo.
Sus manos estaban atadas para que no pudiera saber quien lo besaba. Su piel era suave y tierna, comestible con un aroma a perfume natural que hipnotizaba.
Sin que él lo supiera, acabo en mi boca una de las tantas veces. Sin que lo supiera estuvo dentro mío otras tantas, se dejaba hacer de todo. Cuando finalmente descubrimos sus ojos yo estaba lejos para que no se enterara que había sido participe del juego.
Volvimos a la habitación que compartíamos y me pregunto si yo había sido una de las tantas participantes y le mentí. Entonces me confesó: “es nuestro momento quiero hacerte todo lo que me estuve imaginando por todo este tiempo”.
Ahí me arranco la ropa, me sostuvo con una violencia pocas veces vista en él, me masturbó, una y mil veces, sus dedos se empapaban de mi, su lengua jugaba en mis agujeros peligrosos, su pene vívido me penetraba, una y otra vez.
Nada lo detenía, la mañana había despertado, y el mediodía se había ido, la tarde comenzaba a morir y él seguía dentro mio. Era incansable, no recuerdo otra noche igual, con tantas ganas, con tanta pasión.
El momento de irnos había llegado, debíamos partir. Agotados de tanto sexo tomamos nuestras mochilas y nos despedimos de nuestra familia sexual.
Aun los extraño, cada tanto me escribo con Satior y siempre tengo la fantasía de volver a quedarme a vivir en Swinger town.
By Verónica Malamfant para laspornografas.com.ar













